La huella de los caminos formados por el paso constante de pies pesados hacía tiempo se había desvanecido. No por falta de pies, sino por exceso de ellos. Eran tiempos de guerra y cólera generalizada, donde el otro ya era enemigo por ser otro. El viajante precavido sabía que debía abandonarlos si quería salvar su vida.
Ivar y su esposa habían viajado costeando esos caminos, bajo las sombras de árboles y corriendo agachados entre claros, esperando no encontrar hostiles al llegar a la próxima arboleda. Algo guiaba a Ivar, porque pudieron llegar a la costa más lejana del norte antes de enfrentarse al mar sin ningún percance, cazando lo mínimo, como topos o alguna ardilla roja, para saciar el hambre y el frío, que se iba incrementando a medida que avanzaban al norte.
El viento sacudía el largo cabello de Ivar y la sal del aire le resecaba los labios, señal de que el mar estaba cerca. Recordaba, al caminar, que tuvieron que salir corriendo cuando su aldea fue atacada, escondiéndose, tomando él solo la espada y un saco con algunas pertenencias, y ella el carcaj con unas pocas flechas y el arco.
—¡Gakk út þadan, Ivar!, ¡sal de ahí! tu gente aquí, tu gente —gritaba un capitán, señalando con la espada a los prisioneros arrodillados puestos en una hilera—. Tu gente te necesita. Prometo dejarlos libres si te apareces —bromeó entre risas cómplices de los que sostenían saetas listas para ser disparadas.
—¡Vete, Ivar! —gritó uno con alegría en su voz, mirando al cielo mientras todo ardía alrededor—. Aquí están las valquirias, dróttinn.
El capitán lo silenció con un corte en el cuello.
—Ven, dróttinn —repitió con burla el capitán, mirando en círculos—, y los demás no tendrán que ascender al cielo hoy.
—Amor —le susurró Ilda, asustada, al ver la escena desde los árboles.
—Tenemos que irnos, ást min; ellos no sufrirán, mueren siendo inocentes —dijo Ivar, dando la vuelta y metiéndose más entre los árboles.
Al dar la espalda, escuchaba cómo ese capitán seguía monologando, hablando de cobardía y libertad y de dioses ajenos, hasta que luego de unos gritos de terror y desafiantes no escuchó más nada.
Un silencio hecho por flechas. Luego, alaridos de guerra y triunfo.
Sobrevivientes: eso eran Ivar e Ilda, escapando del sur y de las guerras que ellos mismos quisieron impedir. A sus hijos los habían exterminado. “Vikingos necios,” pensó Ivar al rememorar esas vivencias. Cerraba los ojos y pequeñas lágrimas brotaban a cada paso. Recordaba el horror de casas incendiadas, amigos quemándose, espadas que exponían las entrañas de los cuerpos de niños y que despojaban a las mujeres de lo más sagrado que tenían, para luego usar su cadáver como trofeo.
Habían llegado a los riscos junto al mar. Ilda se tropezó, cayendo de rodillas, lastimándose.
—Ást min, un poco más —le dijo a su esposa, luego de sostenerla, acomodando sus trenzas con cariño—. Ya estamos cerca.
Ella vomitó lo último que esa mañana había comido. Ivar la miraba con admiración: eso no era cansancio del viaje inhumano que estaban haciendo sino la manifestación de que un niño se formaba en su vientre. Él ya lo sospechaba. Por eso no pudo dejarse asesinar; por eso huyó y no se dejó matar junto a su tribu. Algo más elevado que él y su orgullo vikingo estaba por venir.
¿Desde cuándo los de su pueblo habían pasado de ser sembradores a saqueadores? ¿Tan olvidadas estaban sus raíces? Ivar recordaba que, cuando era joven, las tribus empezaron a pelearse entre sí, y que del sur había surgido un imperio que, en su expansión territorial, estaba arrasando con todo. Ivar sabía que las guerras internas, sumado a las externas, acabarían con ellos. Les avisó, les dijo, les suplicó. Y no entendieron. Orgullo, soberbia y tradiciones los habían cegado. Las raíces van debajo de la tierra y todo lo que está arriba vive gracias a ellas. Su propia gente se había transformado en la enorme serpiente Nidhogg, mordiendo con odio las raíces del gran árbol Yggdrasil. Ellos causaron su propio fin.
Al norte no iban solo por seguridad sino por una tarea específica. Luego se dirigirían al oeste, lugar donde seguro fueron a buscarlos primeramente sus enemigos.
Llegaron a la costa norte cerca del mar y sobre un monte rocoso Ivar empezó a cavar con su espada. «Por Odín», pensó sin creer en esos dioses. La tierra estaba helada. Le llevó mucho tiempo romper ese suelo. Ilda iba en busca de rocas sueltas de caras lisas y las traía cerca de donde cavaba su esposo. Era el tercer día y debían buscar agua pronto o morirían.
—¿Somos la última rama viva de un pueblo caído? —preguntó Ilda tocando su panza. Tenía los labios partidos por la sal.
—Sí —le contestó él, apoyándose en su espada—. Por eso vamos a ser injertados en un árbol más fuerte. El pasado, ást min, solo nos dice de dónde venimos, no adónde vamos. Y como rama desgajada no seremos parte de la quema.
Al cabo de un rato el viento gélido amainó. Con esfuerzo y ayuda de su mujer rellenaron el agujero con las piedras, convirtiendo el interior en una caja maciza. Ella, en su lengua, empezó a entonar una melodía triste pero con un mensaje de esperanza:
Brutu mik
Ek em brotin grein
Vindr berr mik
Helgi viðr minn brennr
Eitr lagði Níðhǫggr
Rætur hans deyja
Sjái eigi lengr þessi fjǫll
Vex eigi í þessum, mínum dǫlum
Vindr berr mik
Frá eldi
Hann býðr mik yfir mar
Þar verð ek gróin
Í nýju heimkynni mínu
Ivar, mientras ella cantaba, se arrodilló con dificultad y retiró del saco lo que habían salvado de su clan y que estaba envuelto en pieles: un pesado libro, no muy grueso, hecho de finas láminas de plata, sostenidas por anillos del mismo metal, una técnica transferida del comercio con califatos islámicos. Lo que estaba por esconder tenía que permanecer por mucho tiempo. Estaba escrito en runas y otros símbolos célticos que habían derivado de otras culturas. En la primera hoja se veían talladas las siguientes runas:
ᚢᛅᛏᛏᚱ ᚼᛁᚾᛋ ᚼᛁᛚᚴᛅ ᚴᚱᛁᛋᛏᛋ
“Váttr hins helga Krists.” Puso también en el hueco un cuchillo con su nombre tallado en el mango, dos pequeñas piedras diáfanas: una de color blanco y otra negra, unidas a su casco; también una sencilla corona de oro, el brazalete de su clan y varios dírhams. Luego tapó todo con una piedra enorme. Ambos, arrodillados, dieron palabras a un dios poco conocido por los pueblos del norte y que, en años venideros lo conocerían a fuerza de espada desde el sur, como Ivar les había profetizado.
Se desplazaron hacia el oeste y abajo, junto a las montañas; luego se aventurarían a cruzar grandes aguas. El Espíritu Guía, que ayudaba a Ivar, le había dicho que allí un barco estaba por zarpar a una tierra nueva, donde fluía leche y miel.
Jonatan Walton nació en Pergamino, Argentina. Es un entusiasta de la lectura, la escritura y el dibujo. Ha estudiado fotografía, diseño gráfico y tiro con arco. Aunque escribe desde joven, recientemente ha comenzado a dedicarle verdadero énfasis a esta pasión.
Art by Amalia Nieto (1907-2003).
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