Introducción por Isaac James Richards, traducido por Gabriel González.
Cuando hablamos, por lo general “habla[mos] al aire” (1 Corintios 14:9). Lo que decimos desaparece tan pronto como cerramos los labios. Sin embargo, en el pasado de vez en cuando, y con mucha frecuencia hoy en día, lo que pronunciamos se vuelve semi permanente, ya sea por medio de la toma de notas, la transcripción por escrito o la grabación audiovisual. Cuando esto sucede, un discurso puede llegar a ser una especie de cápsula del tiempo en la cual se revela todo un mundo, con sus normas, prioridades y lugar en particular. Esta permanencia temporal le permite al habla atravesar el tiempo y el espacio como una voz desde ultratumba o desde el polvo, tal cual lo describe el Libro de Mormón.
El siguiente discurso, pronunciado por un firme santo argentino, es un ejemplo del poder de la comunicación para aunar el tiempo y el espacio. Obsérvese que partes del discurso parecen atemporales y eternas —“un mundo envuelto en crisis que comprometen la paz”—, mientras otras parecen recordarnos, en palabras de L. P. Hartley, que “el pasado es un país extranjero.” Hugo Salvioli sintetiza de forma impresionante la Odisea de Homero, el Antiguo y el Nuevo Testamento y algunos elementos de la historia política de Sudamérica para comunicar el mensaje de que toda la humanidad debe aprender a partir el pan en harmonía y comunión. El resultado es que en la actualidad Salvioli cumple con las mismísimas ideas que esbozó en 1978. En modalidad profética, como un orador clásico y en calidad de importante figura de la historia de los santos de los últimos días en Argentina, Salvioli contribuye de lo mejor a la gran historia mundial de la elocuente predicación mormona.
Queridos hermanos y amigos, al estar junto a nuestro amado Profeta, no puedo menos que recordar las palabras registradas en Amos: “Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amos 3:7).
Al estudiar la vida y las obras de los profetas en todo tiempo, advertimos que el Señor nunca llamó a tímidos o indecisos, sino a hombres fuertes, humildes, pero decididos y con gran fortaleza espiritual. Sus palabras siempre fueron desafiantes y concretas: “levantaos y brillad,” “id y predicad el evangelio.” Pero siempre estaban acompañadas de promesas estimulantes: “si estáis preparados, no temeréis” o “gozaos y alegraos.”
Para dirigir Su reino en esta época, el Señor ha elegido al presidente Spencer W. Kimball, quien revela Su voluntad, no sólo a los miembros de la Iglesia, sino a toda la humanidad, por precepto y mediante su vida ejemplar. Por eso frecuentemente cantamos con mucho regocijo: “Te damos, Señor, nuestras gracias, que mandas de nuevo venir, profetas con tu evangelio, guiándonos cómo vivir.”
Este año [1978] es muy especial para nosotros, los argentinos; ya que recordamos el bicentenario del nacimiento del general don José de San Martín, reconocido no sólo como libertador de nuestra patria, sino también de las naciones hermanas de Chile y Perú. Sus virtudes y desinterés por la gloria de los hombres demuestran su amor a Dios y su confianza en que el potencial divino del hombre sólo iba a realizarse en un clima de libertad y de justicia. En una ocasión declaró: “Serás lo que debas ser y si no, no serás nada.” Creemos que la liberación política de nuestro pueblo favoreció y preparó el camino para la dedicación de las tierras sudamericanas en Buenos Aires, en el año 1925, a fin de iniciar luego la predicación del Evangelio restaurado de Jesucristo.
En un mundo envuelto en crisis que comprometen la paz, no sólo la paz en términos de guerra sino la paz espiritual, conviene recordar las advertencias que hizo el presidente Kimball en un mensaje dirigido al mundo en octubre de 1945, luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, cuando dijo: “La paz es posible, pero ¿cuál es su precio? Los esfuerzos de las conferencias para obtener la paz y las oraciones de la doliente humanidad tal vez traigan un armisticio que tenga cierto tiempo de duración; pero la paz total y permanente, vendrá únicamente usando los hombres se arrepientan y se vuelvan al Señor.”
En una palabra, el sendero o el cimiento de la paz, es la rectitud. Al leer los hermosos poemas de Homero, siempre me resultó interesante saber cómo fue reconocido Ulises por su fiel esposa Penélope y su pueblo. Al regresar después de veinte años de ausencia, encontró que habían preparado un arco de hierro labrado que cada posible sucesor debía doblar, antes de ser admitido como heredero del trono; pero ninguno de los postulantes tuvo fuerzas suficientes; sólo Ulises pudo hacerlo sin mayor esfuerzo, a pesar de presentarse con la apariencia de un mendigo, y por ese hecho fue inmediatamente reconocido, venció en el certamen y con el mismo arco dio muerte a los atrevidos pretendientes de su esposa.
Pasemos ahora a los cálidos relatos del Evangelio. Luego de la crucifixión, dos discípulos de Cristo se dirigían muy apesadumbrados hacia la aldea de Emaús, cerca de Jerusalén, cuando Jesús, ya resucitado, se les apareció por el camino. Seguros de Su muerte, no lo identificaron y cuando llegaron por fin a su destino lo invitaron a cenar.
Y aconteció —dice la escritura— que estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió y les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron . . . (Lucas 24:30–31.)
Si Ulises se reveló al doblar el arco, Jesús era reconocido en la manera de partir el pan. El pan es aceptado universalmente como una substancia que alimenta, que sustenta la vida. Cristo mismo cuando nos enseñó a orar, le pidió al Padre que siempre nos diera el pan de cada día. Tender el arco es un acto de fuerza y un elemento de lucha y guerra; partir el pan es un acto generoso, que alimenta, que se comparte; es prodigar vida y bienestar, mediante el grano dorado de trigo.
En la actualidad, mientras muchos hombres y naciones están más dispuestos a prepararse para la guerra que a vivir en paz, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días alza su voz a las naciones de la tierra, para declarar que no sólo es posible, sino urgente, que todos aprendamos a partir el pan.
Hermanos, como miembros de la Iglesia asumamos el compromiso de ser testigos al mundo de que sólo el vivir rectamente traerá la verdadera seguridad y estabilidad a los pueblos. Por lo tanto, la mejor contribución que podremos hacer es una actitud adecuada y justa, y firmes convicciones que contrarresten la maldad y la indecencia.
Quiero dejar mi testimonio de que la verdad prevalecerá, que ésta no es sólo la expresión de un deseo, sino una firme convicción espiritual. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Hugo N. Salvioli nació en 1929, en La Plata, Argentina. Fue bautizado en el Río de la Plata el 10 de diciembre de 1939. Fue director del SEI durante 22 años. Entre sus muchos llamamientos figuran representante regional, presidente de misión (Bahía Blanca Argentina), presidente de templo (Buenos Aires) y presidente de CCM (Cd. de Guatemala).
Art by Andres Segovia (1929-1996).
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