Pensamientos sobre los Pensamientos
Esto, pues, digo y testifico en el Señor, que no andéis más como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón. (Efesios 4:17-18)
Hay temporadas en las que uno deja de sentir. No se deja de creer, al menos no del todo, pero el pecho deja de arder. Las oraciones se vuelven monólogo; las escrituras solo un texto. Lo que antes era presencia se convierte en silencio. Y en medio de ese silencio puede surgir una pregunta que pocos se atreven a decir en voz alta: ¿y si lo que sentí antes tampoco era real?
Muchos de nosotros que hemos servido una misión conocemos esa pregunta, aunque no siempre la hayamos vivido en carne propia. La reconocemos en los rostros de compañeros con quienes fielmente servimos y con quienes sentimos arder el pecho, esa señal de la que habla el Señor en Doctrina y Convenios 9:8, y que hoy ya no caminan con nosotros. Algunos se alejaron al descubrir algo de la historia de la Iglesia; otros se enojaron con algún líder; otros simplemente dejaron de creer, sin escándalo visible, sin argumento decisivo. Juan lo registra con una sobriedad que duele: “Desde entonces, muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él” (Juan 6:66).
¿Qué ocurrió? ¿Qué faltó?
No pretendo responder esas preguntas, al menos no directamente. Lo que ofrezco aquí son pensamientos, reflexiones desordenadas, como las del pensador francés del siglo XVII Blaise Pascal, sobre cómo conocemos a Dios, sobre qué pasa cuando nuestras facultades para conocerlo fallan, y sobre por qué necesitamos tanto del corazón como de la razón para no perdernos en el camino.
Blaise Pascal fue, antes que nada, un hombre de ciencia. Matemático, físico, inventor de una de las primeras calculadoras mecánicas, uno de los espíritus más agudos del siglo XVII. Pero el 23 de noviembre de 1654, entre las diez y media de la noche y las doce y media de la madrugada, algo sucedió. Pascal escribió en un papel lo que experimentó esa noche y lo cosió al forro de su jubón, donde lo cargó hasta morir. Nadie supo del papel hasta que lo encontraron en su cuerpo. La primera línea dice: “Fuego. Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no el de los filósofos y los sabios.”1 Desde esa noche, Pascal dedicó los años que le quedaban a escribir lo que sería su gran obra apologética: los Pensamientos. Nunca la terminó. Lo que tenemos son fragmentos, notas dispersas, bocetos que sus amigos compilaron después de su muerte en 1662. A pesar de su naturaleza inacabada, o quizás precisamente por ella, en esas páginas es posible percibir con claridad la profundidad y perspicacia de su pensamiento. Son, ante todo, un intento de conducir al lector desde la realidad concreta del ser humano, con toda su grandeza y su miseria, hasta el encuentro con el Dios vivo.
Lo que queda claro al leer estos fragmentos es que Pascal no pretendía demostrar a Dios mediante pruebas geométricas ni razonamientos metafísicos. Su apuesta es otra: argumentos morales que buscan inclinar el corazón, no convencer al intelecto, hacia Dios. Es un enfoque distinto al que estamos acostumbrados en la apologética cristiana, y aún más sorprendente viniendo del siglo XVII. El énfasis que Pascal le da al corazón2 ocupa un lugar central en su antropología como esa facultad humana donde convergen sentimientos, intuiciones y los primeros principios del conocimiento. A diferencia de la razón discursiva, el corazón opera por vías inmediatas y afectivas, lo que lo convierte en una dimensión especialmente vulnerable a influencias externas. Es, de hecho, precisamente esta vulnerabilidad la razón detrás de la severa advertencia de Pascal contra el teatro: al representar las pasiones humanas de forma tan natural y convincente, el teatro tiene el poder de despertar en el corazón sentimientos que, una vez despertados, escapan al control de la razón. Para Pascal, incluso un amor representado como casto y virtuoso en el escenario es peligroso precisamente por su inocencia—desarma el alma antes de que pueda defenderse3:
El corazón siente a Dios, no la razón. En esto consiste la fe: Dios sensible al corazón, no a la razón.
El corazón tiene sus razones, que la razón no conoce;
Corazón, instinto, principios.
Si bien pienso que el Dios de Abraham, de Isaac, y de Jacob (usando sus palabras) debe sentirse, debe experimentarse, creo que pocas veces—si no es que casi nunca—llegamos al conocimiento o a la idea de Dios solo a través del intelecto, sino después de haber experimentado; de haber sentido una presencia externa, o de ser abrumados por pensamientos que parecen venir de fuera de nosotros. Creo que es hasta ese punto, después de sentir, cuando usamos el intelecto; después de todo “La razón es, y sólo debe ser, esclava de las pasiones, y no puede pretender otro oficio que el de servirlas y obedecerlas.” Así que en este punto estoy de acuerdo con Pascal en que Dios debe sentirse, de experimentarse, más que solo crearnos acertijos metafísicos para tratar de justificar nuestra creencia, nuestro sentimiento, es la razón la que demuestra teoremas, pero asume los axiomas que el corazón le da:
Conocemos la verdad no sólo por la razón, sino también por el corazón; de esta segunda manera conocemos los primeros principios, y en vano el razonamiento, que no participa en ella, trata de combatirlos. . . . Los principios se sienten, las proporciones se infieren; y todo esto con certeza, aunque por vías diferentes. Y es tan inútil y tan ridículo que la razón exija al corazón pruebas de sus principios para querer consentir en ellos, como sería ridículo que el corazón exigiera a la razón un sentimiento de todas las proposiciones que ella demuestra para querer aceptarlas.
Pero, por otro lado, ¿qué ocurre con aquellas personas cuyo corazón (cuyos sentimientos e intuición) no está del todo bien? ¿Qué sucede con quienes sufren depresión o ansiedad, con quienes padecen alguna enfermedad mental o viven afectados por un trastorno emocional? ¿Pueden estas personas confiar en sus sentimientos o intuición que tanto dependen de su corazón? ¿Cómo saber si están interpretando correctamente la comunicación divina? ¿Cómo distinguir sus propios sentimientos perturbados de lo que es genuinamente divino, especialmente en los peores momentos?
Si Pascal desconfía incluso del teatro por su capacidad de despertar pasiones peligrosas, habría que pensar que una persona con depresión avanzada difícilmente puede reconocer o interpretar sus sentimientos, mucho menos usar la razón completamente. Y esto plantea más interrogantes: ¿Pueden quienes sufren depresión o ansiedad aún sentir a Dios o experimentar comunión con lo divino? Ciertamente, si Dios así lo desea, puede disipar e incluso sanar a personas en esa condición, sin duda alguna. Pero ¿qué sucede en el ínterin? ¿Esa persona debe de permanecer en oscuridad total?
Esto representa un problema, al menos en el cristianismo convencional, pues si bien Dios se puede llegar a manifestar por medio de señales, podemos leer en las escrituras que su modus operandi es más suave, más apacible:
Y él le dijo: Sal fuera, y ponte en el monte delante de Jehová. Y he aquí que Jehová pasaba, y un grande y poderoso viento rompía los montes y quebraba las peñas delante de Jehová, pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento, un terremoto, pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto, un fuego, pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego, una voz apacible y delicada. (1 Reyes 19:11-12)
Descripciones similares aparecen en el Nuevo Testamento: “Pero el fruto del Espíritu es: amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (Gálatas 5:22-23).
Entonces como he mencionado en semejantes casos, el “corazón” sería un impedimento para aferrarse a esta creencia en Dios, aunque ya vimos que el corazón pone los fundamentos sobre los cuales la razón edifica. ¿Qué hacer si nuestro corazón no funciona correctamente y no nos puede proveer de esos fundamentos? ¿Se puede invertir este orden? ¿Confiar en la razón (en la medida de lo posible, ya que algunas de estas enfermedades pueden nublar el juicio)? ¿Es posible colocar nuestra confianza en la razón para que después el corazón corrobore estos razonamientos? Mi propuesta, modesta pero firme, es que sí: que el orden puede invertirse, que la razón sostenga la estructura mientras el corazón sana, y que cuando este vuelva a funcionar, corrobore lo que la razón mantuvo en pie.
Pascal parece proponer algo similar, aunque sin mencionar las enfermedades mentales, lo cual no es de sorprender, pues probablemente dicho concepto no existía en su época. Sin embargo, reconoce que no todos podemos llegar a ese conocimiento o que no a todos se nos concede ese don de conocer por medio del corazón. Hubiera sido interesante conocer su propuesta completa considerando si es posible que el “corazón” falle y ver si estaría de acuerdo con lo que aquí sugiero:
Por lo cual, aquellos a los que Dios ha concedido la religión por sentimiento del corazón son bienaventurados y están muy legítimamente persuadidos. Pero a aquellos que no la tienen, no (se) la podemos dar sino por razonamiento, en la espera de que Dios se la dé por sentimiento de corazón, sin lo cual la fe no es más que humana, e inútil para la salvación.
Pero esta propuesta trae consigo un riesgo. Si la razón puede sostener la fe en ausencia del corazón, también puede, mal empleada, imponer dogmas que el corazón rechazaría. Pascal mismo cayó en esa trampa.
La única crítica que le puedo hacer a Pascal es que debe haber un equilibrio y una mutua cooperación entre el papel de la razón y el del corazón. Al menos en mi lectura actual, me parece que Pascal da primacía a un conocimiento adquirido por medio del corazón y parece negar la razón en adelante o limitarla de manera activa:
Pues, nada, sin duda, hiere más nuestra razón que decir que el pecado del primer hombre haya tornado culpables a quienes, por estar tan lejos de esa fuente, parecen incapaces de participar en él. Tal deslizamiento no sólo nos parece imposible, sino también muy injusto; en efecto, ¿hay algo más contrario a las reglas de nuestra miserable justicia que condenar eternamente a un niño, incapaz de voluntad a causa de un pecado en el que parece participar tan poco, que ha sido cometido seis mil años antes de su nacimiento? Ciertamente, no hay nada que nos choque más que esa doctrina; y sin embargo, sin ese misterio, el más incomprensible de todos, somos incomprensibles para nosotros mismos.4
Pascal renunció a la razón en favor del misterio, y contrapuso la razón al mismo. Esta creencia en el pecado original, que causó mucho sufrimiento y dolor a millones de personas (la condenación de niños sin bautismo), él la aceptó como misterio. Este es el peligro cuando relegamos nuestra razón y aceptamos “dogmas.” Cuando existe una disonancia entre el corazón y la razón, esto debe de servir como indicador de que algo no está bien con alguna de las dos facultades. No debemos someternos a dogmas sin haber logrado primero una armonía entre ambas.5
Sobre este peligro ya nos habló Dostoievski en “El gran inquisidor” situado dentro de su novela Los hermanos Karamazov:
Y nosotros tenemos derecho a predicarles a los hombres que deben someterse a él sin razonar, aun contra los dictados de su conciencia. Y eso es lo que hemos hecho. Hemos corregido tu obra; la hemos basado en el “milagro,” el “misterio,” y la “autoridad.” Y los hombres se han congratulado de verse de nuevo conducidos como un rebaño y libres, por fin, del don funesto que tantos sufrimientos les ha causado.6
Si no usamos en conjunto el corazón y la razón, podemos ser víctimas de inquisidores.
Y aquí vuelvo a los que se fueron de la Iglesia. ¿Cuántos de ellos se encontraron frente a un dogma que su razón rechazaba y su corazón no podía sostener? ¿Cuántos se hicieron preguntas genuinas y recibieron como respuesta la “autoridad” de la Iglesia? ¿A cuántos se les dijo que les faltaba fe, que no dudaran, que simplemente obedecieran? ¿Cuántos aprendieron que preguntar era sinónimo de apostatar?
Pero sería injusto señalar solo hacia afuera. Quizás nosotros, y quizás también ellos, hemos fracasado en darle una razón a nuestra fe. El corazón nos dio los fundamentos, un conocimiento genuino, pero no edificamos sobre ellos. Y cuando ese conocimiento se oscureció, no quedó nada que nos sostuviera. Construir con la razón no es dudar; es darle cimientos a lo que el corazón nos ha dado.
Y aun así, aun después de haber hecho todo esto y de haber edificado nuestros castillos metafísicos, puede que Dios nos salga al encuentro y los derrumbe, y por medio del corazón nos enseñe que en realidad desconocemos más de lo que creemos saber, que nos hemos hecho un Dios a nuestra semejanza. Es una de las creencias esenciales del cristianismo: creemos en un Dios que se autorrevela, que se da a conocer al hombre y que nos permite conocerle. De ahí la palabra revelación: remover el velo. Y por momentos se nos deja ver (sentir con el corazón) a través de dicho velo, solo que nuestra naturaleza humana nos impide comprenderlo todo a la vez, y probablemente pasemos una vida tratando de darle sentido a lo que experimentamos.
¿Y si tuvimos la oportunidad de ver más allá del velo o si contemplamos algún milagro? Pensemos en Juliana de Norwich, quien recibió numerosas revelaciones y pasó toda una vida, como anacoreta, tratando de comprender dichas revelaciones. Estas experiencias de los místicos nos muestran que hay un elemento de razón que trata de intervenir para ayudarnos a traducir, a capturar algo de la divinidad, algo que nos permita aferrarnos a esa manifestación, a ese conocimiento que adquirimos mediante el corazón.
Creo en un Dios que se ha revelado en la historia y se ha dado a conocer entre los hombres, que se ha hecho hombre. Creo que Dios desea que todos busquemos comunión con Él. Creo que es importante aceptar la revelación, pero también reconozco que esta revelación, ya sea dada por un profeta o contenida en las escrituras, no está exenta de error. Los hombres que escribieron y profetizaron eran tan humanos como nosotros: tenían miedos, deseos, intereses, y fueron víctimas de su época, su tiempo y su cultura.
Aquellos que hemos recibido nuestra fe por el testimonio de otros deberíamos siempre ejercitar la razón mientras buscamos esa experiencia directa con lo divino que pueda hablarnos al corazón. Y si no hemos tenido tal experiencia, debemos usar la razón con mayor rigor todavía. Si partimos del principio de que Dios nos ha dado la razón, es razonable (valga la redundancia) pensar que Dios espera que la usemos. La historia nos lo ha mostrado, dolorosamente, cuando comunidades enteras aceptan como mandato divino lo que la razón habría desenmascarado como prejuicio humano.
Creo que la revelación es iterativa, que Dios nos la va dando poco a poco porque no podemos resistir su plenitud de una sola vez. Si incluso ahora parece que a algunos les molesta que Dios sea amor y que su mensaje sea tan inclusivo y amplio,7 cuánto más difícil sería de sobrellevar si nos diese toda su plenitud de golpe. Al decir iterativa, me refiero a que puede irse corrigiendo. Creo que a veces incluso los profetas pueden haber interpretado mal sus experiencias y necesitar corrección. Por ello digo iterativa, no solo aditiva.8 Tampoco estoy en contra de la religión organizada, por otras razones amplias que exceden el propósito de esta reflexión. Basta decir que podemos creer tanto en la religión organizada como en la comunicación individual de Dios con nosotros, siempre y cuando estemos abiertos al corazón y sometamos lo que Dios nos da a la razón, haciendo lo mejor que podamos.
Pienso de nuevo en los que se fueron. Quizás lo que faltó, para ellos y quizás también para nosotros, fue aprender que el corazón y la razón no son enemigos, sino compañeros de camino.9 Que dudar no es perder la fe, sino darle cimientos. Que preguntar no es apostatar, sino honrar la razón que Dios nos dio. Después de todo, Pascal pasó una noche entera en fuego, y dedicó el resto de su vida a pensar y escribir esta apología incompleta. Y quizás es propio que haya quedado incompleta, pues ninguna generación puede agotar esa labor por sí misma. Las generaciones futuras tendrán el deber no de perpetuar y grabar en piedra nuestras creencias o dogmas, sino de corregirlas a la luz de nueva revelación. Esto nos permitirá ir develando a Dios cada vez más, hasta que ya no veamos “por espejo, oscuramente,” más veremos “cara a cara” (1 Corintios 13:12).
Javier Fuentes Mora es ingeniero en Sistemas Computacionales, con estudios en teología católica y una maestría en Filosofía, Cultura y Religión. Apasionado por la teología, dirige un canal de YouTube donde explora temas de fe, historia y filosofía desde una perspectiva de los Santos de los Últimos Días.
Art by Georges de La Tour (1593-1692).
Blaise Pascal, “Memoria (Memorial)”, en Pensamientos (elaleph.com, 2001), 57, https://www.elaleph.com.
El énfasis que Pascal le da al corazón probablemente se debe a la influencia de Jansenio, quien a su vez se nutrió de Agustín, y este de Pablo. De ahí —de la idea paulina de que Dios inclina el corazón de los hombres— es probablemente de donde construye su teología.
«A todas las grandes diversiones son peligrosas para la vida cristiana, pero entre todas las que el mundo ha inventado la más temible es el teatro. Es una representación tan natural y delicada de las pasiones, que las conmueve y las suscita en nuestro corazón, ante todo la pasión del amor; principalmente cuando se /lo/ representa muy casto y honesto. En efecto, cuanto más inocente parece a las almas inocentes, tanto más ellas son capaces de sentirlo: su violencia complace nuestro amor propio, que enseguida desea causar los mismos efectos que ve tan bien representados. Al mismo tiempo, nos hacemos una conciencia basada sobre la honestidad de los sentimientos que allí se ven, los cuales quitan el temor de las almas puras: ellas se imaginan que amar con un amor que les parece tan prudente no es ir contra la pureza.» Blaise Pascal, Pensamientos (Ediciones elaleph.com, 2001), 74.
Esto incluso me recordó mucho a los escritos de Cipriano «Por tanto, vuelve tus miradas hacia las abominaciones, no menos deplorables, de otra clase de espectáculo. En los teatros también contemplarás lo que bien puede causarte pesar y vergüenza. Es el coturno trágico el que relata en verso los crímenes de tiempos antiguos. Los antiguos horrores del parricidio y el incesto se despliegan en una actuación calculada para expresar la imagen de la verdad, de modo que, conforme pasan las épocas, ningún crimen que fue cometido en el pasado pueda ser olvidado. Cada generación es recordada por lo que escucha, de que cualquier cosa que se haya hecho una vez puede hacerse nuevamente. Los crímenes nunca mueren con el paso de las eras; la maldad nunca es abolida por el transcurso del tiempo; la impiedad nunca queda sepultada en el olvido. Cosas que ahora han dejado de ser actos reales de vicio se convierten en ejemplos. En los mismos, además, mediante la enseñanza de infamias, el espectador es atraído ya sea a reconsiderar lo que haya hecho en secreto, o a escuchar lo que podría hacer. El adulterio se aprende mientras se observa; y mientras la desgracia que tiene autoridad pública actúa como alcahuete de los vicios, la matrona que quizás había ido al espectáculo siendo una mujer modesta, regresa de él sin modestia» (Cyprian, “To Donatus,” in The Epistles of Cyprian, párr. 8, Andrews University, accedido el 13 de noviembre de 2025, https://www.andrews.edu/~toews/classes/sources/early/Cyprian%20Epistles.htm.)
Blaise Pascal, Pensamientos (elaleph.com, 2001), 17-18, fragmento 494, https://www.elaleph.com
Obviamente cuando se pueda, ya que como he mencionado puede que suframos de algún trastorno o enfermedad mental que nos impida hacer uso de la razón plenamente.
Dostoievski, Fiódor. Los hermanos Karamazov. Trad. de español. “El Gran Inquisidor.”
Basta considerar cómo la universalidad del amor de Dios ha sido resistida a lo largo de la historia. En nuestro tiempo, el nacionalismo evangélico blanco en los Estados Unidos ofrece un ejemplo notable: un evangelio destinado a todos los pueblos es transformado en un marcador de pertenencia racial y cultural para algunos. No es un fenómeno nuevo — tensiones similares surgen siempre que la revelación se encuentra con el deseo humano de contenerla.
Durante siglos, textos bíblicos como Levítico 25 o Efesios 6 fueron usados para justificar la esclavitud. Hoy ningún cristiano serio lo sostiene. No es que la Biblia cambiara, sino que nuestra comprensión de lo que Dios revela en ella fue corrigiéndose, a menudo a través de mucho sufrimiento. Este mismo patrón aparece dentro de nuestra propia tradición restaurada. La restricción del sacerdocio a las personas de raza negra se mantuvo durante aproximadamente un siglo hasta que fue revertida en 1978. Alguien podría objetar que eso no cuenta como revelación iterativa porque la restricción nunca fue revelación propiamente dicha, sino un error humano que se coló en la práctica de la Iglesia. Pero esa objeción, lejos de debilitar el argumento, lo refuerza: si líderes inspirados pudieron presentar durante décadas como doctrina algo que en realidad no lo era, entonces la necesidad de someter constantemente lo recibido al escrutinio de la razón y de la conciencia moral se vuelve aún más urgente, no menos. La corrección misma es parte del proceso iterativo. El propio José Smith nos ofrece un modelo más íntimo de esto: modificaba las revelaciones que recibía, volvía a consultar al Señor, y las iba expandiendo y afinando con el tiempo. Los Discursos sobre la Fe son otro caso ilustrativo: originalmente formaban parte de Doctrina y Convenios como sección doctrinal, pero fueron eventualmente removidos precisamente porque los conceptos que articulaban seguían evolucionando y el texto no lograba fijar lo que todavía estaba en movimiento. En todos estos casos, la revelación no llegó completa y definitiva de una sola vez. A veces avanza; a veces corrige; a veces reconoce abiertamente que el camino anterior estuvo mal. Eso no debilita la fe en la revelación. Al contrario, la hace más honesta.
Una idea similar expresa Juan Pablo II en Fides et Ratio: “La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad.” Juan Pablo II, Fides et Ratio, Carta Encíclica (Ciudad del Vaticano, 14 de septiembre de 1998), introducción, https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html.







